Blogia

LA OVEJA EXTRAVIADA

VIDA DE SANTOS

VIDA DE SANTOS

EL GLORIOSO PATRIARCA SAN JOSE

Acerca de San José, encontramos pocos datos en los Evangelios, así como “los sagrados evangelistas nos dicen pocas cosas de la Virgen, pero compendiaron todas sus glorias en un sólo título al llamarla Madre de Dios — de quien nació Jesús. Del mismo modo, poco nos cuentan de la vida y virtudes de San José, pero dijeron mucho al llamarle Esposo de la Virgen. Como si dijesen: «¿Queréis que os diga en una palabra quién era José? Hela aquí: Era el esposo de María, la Madre de Dios». En esta afirmación se encierran alabanzas casi infinitas”.

Para que evaluemos esa grandeza, consideremos que Dios, al escoger a alguien para una misión, le da las gracias proporcionales para realizarla. Además de que, cuanto alguien más se aproxima a la fuente de la gracia, tanto más de ella participa. Ahora bien, San José estuvo íntimamente ligado a la propia fuente, Jesucristo, y a la Medianera de todas las gracias, María Santísima. De ahí su grandeza.

Por otro lado, la misión y predestinación de San José, como la de la Virgen María, requerían una santidad singular desde sus primeros años: “Considerada la misión totalmente divina de José, el Dios providente le concedió todas las gracias, desde su infancia: piedad, virginidad, prudencia, perfecta fidelidad”.

Según el común de los teólogos, son dos los principios en los cuales se apoya toda la teología sobre San José: primero, su unión con María por el matrimonio; segundo, su ministerio paternal junto a Jesucristo. Ahora bien, toda la mariología se apoya en un principio fundamental: María es la Madre de Dios-Redentor. Éste es el título, fuente y raíz, fin y medida de todas las gracias y privilegios de María Santísima. De modo semejante, la teología tiene a respecto de San José un fundamento primero y principal: el matrimonio que lo une a María, la Madre de Cristo.

 

Virginidad del glorioso Patriarca

Santo Tomás de Aquino dice que es teológicamente cierto que el matrimonio entre San José y la Virgen María fue verdadero y perfecto en cuanto a la esencia o primera perfección, pero no en cuanto al uso del mismo, pues no cohabitaron. Y que San José guardó perfecta virginidad durante toda su vida, pues tanto él cuanto la Virgen Inmaculada mantuvieron el voto de virginidad, condicionado antes del matrimonio y absoluto después.

El Doctor Angélico afirma así que San José hizo voto de virginidad. Añade que la bienaventurada Virgen, antes de unirse a José, debería haber sido informada por una revelación divina de que José tenía el mismo propósito. Y que, por lo tanto, no se exponía a peligros casándose. Por lo que no sólo María, sino también José, estaban dispuestos, en su interior, a guardar virginidad. Y deberían haber hecho incluso un voto. Eso porque las obras de perfección son más loables si se cumplen bajo voto.

 

San José, confirmado en gracia

Santo Tomás afirma también que la Madre de Dios era superior a los ángeles, en cuanto a la dignidad a que había sido elegida por obra de Dios, aunque, en cuanto al estado de la vida presente, fuese inferior. Lo que, guardadas las debidas proporciones, se puede decir también de San José.

Se puede ir más lejos: Como dice el Apóstol: “A cada uno de nosotros se le ha dado la gracia a la medida de los dones de Cristo” (Ef. 4, 7). Sólo Cristo Nuestro Señor tuvo la plenitud absoluta de la gracia, cuanto a su esencia y cuanto a todos sus efectos, que son las virtudes y dones, por la unión estrechísima de su alma con la divinidad, y por recibirla también para comunicarla como cabeza de los demás. La Virgen María tuvo la plenitud relativa, que correspondía a su excelsa misión de Madre de Dios, plenitud ésta que es incomparablemente superior a la que pueden obtener todos los demás santos, y también más excelente que aquella a que puede llegar una mera criatura, porque tal es la excelencia de la maternidad divina.

La plenitud relativa de gracia, a que llegan los santos, equivale a la que los teólogos llaman de confirmación en gracia o confirmación en el bien. Es decir, cierta impecabilidad, que se da mediante un gran aumento de la caridad. A ésta se suma una protección especial de Dios, que aparta las ocasiones de pecado y fortalece el alma cuando es necesario, haciendo que sea preservada del pecado mortal y hasta del pecado venial deliberado.

Santo Tomás afirma que la Santísima Virgen fue confirmada en el bien en todo el curso de su vida, sin haber incurrido en contaminación alguna. Y ello le competía por ser Madre de la Sabiduría divina. Por lo que se puede afirmar que era también del todo conveniente que San José, por su íntima relación con la misma Sabiduría divina y con la Madre del Verbo Encarnado, fuese confirmado en gracia, por lo menos a partir del momento de sus bodas con la Virgen Santísima.

Lo cual lleva a un teólogo a añadir que “la Virgen María, como «llena de gracia», estuvo adornada de todas las virtudes, poseyéndolas en el grado más perfecto de que sea capaz una criatura. Como dicen muchos autores, hasta las virtudes naturales, que se adquieren por el ejercicio, debía tenerlas infundidas por Dios, como perfecciones apropiadas a su naturaleza inmaculada [...]. San José no se puede comparar exactamente con la Virgen, pero siempre es él quien está más íntimamente unido a ella, y por ella a Jesús. Por eso también está acorde con las exigencias de su santidad, y de su divina preparación para tan alto ministerio, la infusión de las mismas virtudes naturales, que sin duda obtuvo en muy alto grado”.

Por eso, se puede afirmar que el ministerio de San José sobrepuja incluso al de San Juan Bautista, porque toca en el orden hipostático, mientras que el del Precursor sólo toca en el orden de la gracia, como dice Cornelio a Lápide: “Es más ser padre y rector de Cristo que su pregonero y precursor”. Por lo que se puede también afirmar que el ministerio de San José excede también al de los Apóstoles por el mismo motivo.

De ese modo, no sería osado afirmar que, siendo así la santidad de San José, la mayor después de la Virgen, lo mismo se puede decir de su gloria en el Cielo.

 

Un varón adornado de todas las virtudes

San Mateo afirma en su Evangelio que San José “era un varón justo”. Esto, en el lenguaje bíblico, significa un varón adornado de todas las virtudes. Por otro lado, tanto San Mateo cuanto San Lucas afirman que San José es descendiente del rey David, lo que revela su dignidad incluso del punto de vista natural.

San José ejerció el oficio de padre en la Sagrada Familia. A él le cupo darle nombre a su hijo legal, como le fue dicho por el ángel. A él le cupo también velar por la seguridad del Niño Jesús y de su Madre. Y, en todo momento, Jesús obedece a San José como a su verdadero padre (Lc. 2, 51).

En el Evangelio consta que San José era carpintero: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt. 13, 55). Pero la expresión es más genérica, pues dice filius fabri, es decir, hijo de artesano. La tradición tradujo artesano por carpintero, pero sin excluir el hecho, sin duda cierto, de que San José, en muchas ocasiones, prestó otros servicios comunes a un trabajador manual, para ganar el sustento diario de su familia.

 

Patrono de la Iglesia, modelo de las familias cristianas

En la Encíclica Quamquam pluries, León XIII expone de manera densa y profunda la doctrina sobre San José, desde los fundamentos de su excelsa dignidad y gloria hasta la razón propia y singular de ser proclamado patrono de toda la Iglesia, así como modelo y abogado de todas las familias y hogares cristianos.

Benedicto XV, al cumplirse medio siglo de la proclamación de San José como patrono de la Iglesia universal, en su motu proprio Bonum sane, recordando la necesidad y eficacia de la devoción al santo Patriarca, propone sus virtudes de modo especial a las familias pobres y a los trabajadores humildes, tan descristianizados en nuestra época neopagana.

San José, Patrono de la buena muerte

Por fin, es creencia común que el santo Patriarca durmió en el Señor antes que Cristo comenzara su ministerio público, con toda seguridad antes de las bodas de Caná, y, por consiguiente, antes de la Pasión del Señor. Y diversos teólogos, entre ellos San Francisco de Sales y San Alfonso María de Ligorio, afirman que murió de amor de Dios.

Siendo imposible en los límites de un artículo abarcar toda la rica teología de San José, terminemos con San Bernardino de Siena: “Piadosamente se ha de creer que, en su muerte, tuvo presentes a Jesús y a María Santísima. Cuántas exhortaciones, consuelos, promesas, iluminaciones, inflamaciones y revelaciones de los bienes eternos recibiría en su tránsito de parte de su santísima Esposa y del dulcísimo Hijo de Dios, Jesús”.     

La Iglesia aconseja no comparar a los santos. Pero San José, por haber sido el padre legal de Nuestro Señor y el casto esposo de María Santísima, alcanzó un grado de santidad y de gloria sin par en toda la Iglesia. 

                                                                                                        Plinio María Solimeo

 

ORACION A SAN JOSE

Glorioso Patriarca San José cuyo poder

sabe hacer posibles las cosas imposibles,

ven en mi ayuda en estos momentos de dificultad.

Toma bajo tu proteccion las situaciones

tan serias y dificiles que te encomiendo,

a fin de que tenga una feliz solución....

(petición)

Bienaventurado Padre: toda mi confianza

está puesta en Ti. Y puesto que Tú lo

puedes todo ante Jesús y Maria,

muéstrame que tu bondad es tan grande

como tu poder. AMEN

La Escalera de los Santos

La Escalera de los Santos

METODO: LA LECTIO DIVINA

La Escalera de los Santos


INTRODUCCION

El método de oración conocido como La Lectio Divina, es el ejercicio de una lectura orante de La Biblia. En La Lectio Divina muchas generaciones de cristianos han hallado la fuente de su fe en la Palabra de Dios, guiados por la experiencia de antiguos monjes peritos en la vida del espíritu.

Este Ejercicio de oración parte siempre de un texto de la Sagrada Escritura. La selección de la Lectura se encuentra sugerida al comenzar cada una de las meditaciones; sin embargo, unas pocas de estas inician un párrafo que nos regala algún Padre de los primeros tiempos de la Iglesia, que es ya una reflexión asimilada de la Biblia.

La Lectio Divina suele practicarse en cuatro etapas:

  1. Atenta lectura del texto elegido
  2. La Meditación
  3. La Oración
  4. La contemplación

 

1. ATENTA LECTURA DEL TEXTO ELEGIDO

Hecha con un espíritu de honda reverencia, por acogerlo como la Palabra de Dios que nos habla. Cosechamos cada detalle, pues no hay uno solo que no sea inspirado por el Espíritu Divino. Por ello cada pormenor esta lleno de sus secretos más íntimos, que necesitan un silencio de todo cuanto no es su voz, para poder escucharlo. Debemos leer el párrafo con pobreza de espíritu, sin ideas preconcebidas que pueden perjuiciarlo, ni imponerle un significado que no sea el suyo sino que parta de nuestros intereses o prejuicios; con la sencillez de un corazón abierto aun en pasajes ya conocidos, seguros de que la riqueza de la Palabra Divina es tal, que nunca llegamos a agotar lo que quiere decirnos.

Para que esta primera lectura sea fructuosa, nos fijamos en cada verso del párrafo, en las personas que hablan, que dicen y como presentan la verdad que desean comunicarnos. Luego nos esforzamos por juzgar cuales detalles son más básicos y cuales complementarios.

Comparamos lo que en ese pasaje se nos dona, con otras partes de la Biblia, semejantes o paralelas; porque no hay mejor comentarista de la Palabra de Dios que el mismo texto sagrado: Unos pasajes mas se iluminan por otros, siendo todos inspirados por el Espíritu, que por nuestras ideas ajenas a la Escritura. De otro modo no escucharíamos lo que Dios quiere decirnos, sino que nos leeríamos a nosotros mismos.

Para compenetrarnos mas íntimamente con el fragmento que meditamos, conviene incluso situarnos en un espacio interior que nos meta en la atmósfera y el ambiente propios del texto.

Para eso sirve la Composición de lugar, que colabora a que captemos con todo nuestro ser, incluida nuestra capacidad de imaginar, la riqueza interior del escrito. Suele además ser muy útil buscar en la parte leída una frase o palabra central que la resuma y que, recordada aunque sea fugazmente en breves momentos dispersos del día, nos haga resonar a cada momento lo aprendido, hasta que lo hayamos digerido como un valor para la vida.

 

2. LA MEDITACION

Es un poco más cercana al estudio, sin que se convierta en una investigación del intelecto. La Lectio Divina no tiene  el mismo fin que una lección escolar, sino la asimilación de la Palabra Divina en la vida del espíritu. Sin embargo, el saber es sin duda una parte de nuestro ser humano.

Para este segundo ejercicio pueden ser útiles las tres partes en las que se ha divido cada una de las meditaciones. Se trata de entender la Palabra de Dios, primero en lo que ella misma quiere decirnos y luego en la guía que ofrece a la existencia. La meditación escudriña como esa Palabra de Dios se halla presente en el caminar diario, en las minucias de la rutina cotidiana, en el impulso social de nuestro ser que nos lleva a formar la comunidad y en el servicio a nuestros hermanos.

Es muy útil este propósito examinar nuestra conducta, frente a frente de la Palabra Divina. De ese modo estamos a tiempo para corregir el rumbo, antes que Dios nos juzgue por Jesucristo, tratando de mirar nuestro interior con los ojos de Dios mas que con los nuestros y de amar con su corazón por sobre el impulso a dejarnos llevar por los deseos humanos.

 

3. LA ORACION 

A la que  el paso anterior se dirige. Orar no consiste tanto en repetir muchas palabras, cuanto en abrirnos a que el Señor actúe en nosotros. Mas en nuestra pequeñez, no podemos acoger de golpe toda la acción de Dios en nuestra vida.

Necesitamos irla recibiendo a pasos cortos y muy modestos. No se trata de multiplicar las peticiones, sino de permitir a Dios entrar en nuestro interior para transformarnos según la Palabra  y enderezarnos la existencia hacia donde. Él lo haya elegido. El punto de partida queda sugerido en la Petición. No se trata de poner limites al Señor, sino de no divagar por todas las rutas.

A partir del breve resumen del fruto que se busca, la petición debe encauzarnos por varias etapas de apertura: Al  examinar el estado de nuestra conciencia acerca de su actitud interior ante esa obra de Dios, nos convertimos de lo que no sean sus caminos sino los nuestros, para volver a sus sendas. Le rogamos que sea Él quien nos acompañe como guía. Le damos gracias por los dones que en relación con esa Palabra suya nos ha dado. Y finalmente le abrimos el corazón en ese aspecto que El ahora nos ha enseñado, para que acoja su voluntad sin reserva.

 

4. LA CONTEMPLACION

Es él término al que se dirige este ejercicio del espíritu. Contemplar la Palabra de Dios es un medio de hacer crecer en nosotros su inteligencia y la fe de nuestra respuesta a ella. No se  trata aquí de un místico salir de sí.

Seria pretencioso de nuestra parte buscar una gracia que el Espíritu concede muy rara vez y a quien quiere. La oración extática ha sido un don reservado a muy pocos santos. En este caso nos  referimos al reconocimiento sencillo, sereno, de cuanto el Espíritu del Señor ha realizado en nosotros mismos, en la Iglesia y en la Comunidad. Consiste en tener ojos para descubrir su presencia activa en nuestra existencia.

El Catecismo pone la contemplación como la meta de la oración, incluso litúrgica y describe así este ejercicio. “La contemplación es mirada de la fe, fijada en Jesús. Esta atención a Él es renuncia a mí”. Su mirada purifica el corazón. La luz de la mirada de Jesús ilumina los ojos de nuestro corazón; nos enseña  a ver todo a la luz de la verdad y de su compasión por todos los hombres. La contemplación dirige también su mirada a los misterios de la vida de Cristo. Aprende así el “Conocimiento del Señor” para amarle  y seguirle.

San Ignacio de Loyola ponía como una meta de la vida en el espíritu, llegar a ser “Contemplativos en acción”. Esta expresión puede significar dos actividades:

  • En primer lugar, saber contemplar la acción del Espíritu en todas las cosas, en todos los eventos de la vida, en cada instante.
  • En segundo lugar, aprender a contemplar esa presencia del Espíritu mientras nosotros mismos realizamos nuestras actividades de cada día. Aquí ya no hay preguntas y respuestas, reflexión o estudio, sino un mirar con la Luz del Espíritu, para recrearnos con su obra: “Un saber que es Él quien actúa, para sentirnos por ello en paz y llenos de esperanza

 

COMENTARIO

El estudio de la Biblia es una oración. Antes de leerla, por unos instantes ten sed de su Palabra. Cuando leemos con sed, El Señor nos inspirara.

Repite mentalmente cualquiera de estas oraciones (cinco o seis minutos).

  • Señor Jesús, dame Tu palabra.
  • Señor Jesús, dame Tu mensaje.
  • Señor Jesús, revélame Tu plan para mí.
  • Señor Jesús, háblame.

Mientras leamos la Biblia es conveniente marcar y anotar las palabras que nos atraen. Luego, el Espíritu Santo nos recordara estas palabras en el momento apropiado y por medio de ellas Dios nos guiara.

La Santa Biblia esta llena de las promesas de Dios. Apréndelas. Aprende aquellas promesas que han influido en ti y aguarda con esperanza su cumplimiento. Dios entrara en tu vida a través de ellas.  

Oraciones

Oraciones

LA ORACIÓN DEL PASTOR

 

Amado Jesús. Mi único Pastor,

que conduces mi vida cada día,

protegiéndome de todos los males,

siendo mi guía y compañero de camino;

que me das el alimento material y espiritual

y me congregas con mis hermanos en tu santa Iglesia;

ilumina hoy y siempre, con la luz de tu Espíritu,

mi mente y mi corazón.

 

Dame inteligencia espiritual

para guiar a mis hermanos,

y un corazón de pastor para amarlos como tú me amas.

 

Que pueda conducirlos hacia la Fuente, que eres Tú.

Que les anime a continuar el camino emprendido.

Que sea para ellos un fiel reflejo

de tu amor y de tu paz.

 

Unge con tu Espíritu de Amor mis palabras,

mis pensamientos, mis sentimientos y mis gestos,

para que aprendan a ser como Tu,

y así lleguen a ser fieles discípulos tuyos,

viviendo para siempre como verdaderos

hijos de Dios.

AMEN

Yo soy la oveja que tu buscas PASTOR

Yo soy la oveja que tu buscas PASTOR

Yo soy la oveja perdida 

 

Yo soy la oveja perdida, la que Tú buscas, Pastor;

me aleje de la manada, creyendo que era mejor

andar sola y extraviada, expuesta al lobo feroz

o enredarme entre zarzales lacerada con dolor.

 

Con sed y con frió peno, con hambre estremecedor;

de un ovil no tengo abrigo ni un cayado protector.

¡Como lamento la huida que en mala hora emprendí!

Hoy me siento lastimada, triste, sola e infeliz.

 

Yo quisiera Buen Pastor, me salieras a buscar.

me llevaras en tus hombros, me volvieras al corral,

y luego me condujeras al agua del manantial

donde bebe tu rebaño, lo mismo que al pastizal

de verdes hierbas y gramas cultivadas con amor.

 

Me llamaras por mi nombre, ¡Como anhelo oír tu voz!

y me dijeras muy quedo hablándome al corazón

que me sanas y perdonas porque Tú eres mi PASTOR 

 

 

fcv.ovejaextraviada@gmail.com 


La Oveja Perdida

La Oveja Perdida

LA OVEJA EXTRAVIADA

Mt 18,12-14.

 

 

Dios nos ama siempre, también cuando nos extraviamos

Leemos en EL EVANGELIO (La oveja perdida) una de las parábolas de la Misericordia Divina que más conmueve al corazón humano. Un hombre que tiene cien ovejas - un rebaño grande - pierde una de ellas, probablemente por culpa de la misma oveja, porque se quedó atrás mientras seguían buscando pastos. Y pregunta Jesús:  el pastor, ¿acaso no dejará las otras  noventa y nueve en el monte, para ir a buscar la oveja descarriada? San Lucas recoge estas palabras del Señor: Y cuando encuentra,  contento la pone sus hombros Lc 15,5, hasta  devolverla al redil.

¡Tantas veces Jesús ha salido en nuestra búsqueda, a pesar de nuestras faltas de generosidad y de correspondencia! Y por eso precisamente, ha salido una y otra vez, aunque no lo merecíamos porque nos alejamos siempre por nuestra culpa.

 

Ninguna de las ovejas recibió tantas atenciones como ésta que se había descarriado. Los cuidados de la Misericordia Divina sobre el pecador, sobre nosotros, son abrumadores.

¿Cómo no nos vamos a dejar llevar a hombros del Buen Pastor si alguna vez nos perdemos? ¿Cómo no hemos de amar la Confesión frecuente, donde encontramos a Cristo?

Pues hemos de contar con que somos débiles y por tanto, con los tropiezos. Pero esa misma debilidad, si la reconocemos como tal, atrae siempre la Misericordia Divina, que acude con más ayudas, con más amor. «Jesús, nuestro Buen Pastor se da prisa en buscar a la centésima oveja, que se había perdido. ¡Maravillosa condescendencia la de Dios que así busca al hombre dignidad grande del hombre así buscado por Dios!» San Bernardo

 

Contamos siempre con el amor de Cristo, que ni aun en los peores momentos de nuestra existencia deja de amarnos. Contamos siempre con su ayuda para volver a la buena senda, si la hubiéramos perdido y recomenzar una y otra vez. El nos mantiene en la lucha y «un jefe en el campo de batalla estima más al soldado, que después de haber huido, vuelve y ataca con mas ardor al enemigo, que al que nunca volvió la espalda, pero tampoco llevó nunca a cabo una acción valerosa» San Juan Crisostomo. No se santifica el que nunca comete errores, sino quien siempre se arrepiente, fiado en el amor que Dios le tiene y se levanta para seguir luchando. Lo peor no es tener defectos, sino pactar con ellos, no luchar admitirlos como parte de nuestra manera de ser. Así se llegaría a la mediocridad Espiritual, que el Señor no quiere para quienes le siguen.

 

El amor personal de Dios por cada hombre.

Jesús ama a cada uno tal y como es, con sus defectos; en su amor, no idealiza a los hombres; los ve con sus contradicciones y flaquezas, con sus inmensas posibilidades para el bien y con su debilidad, que tan frecuentemente aflora. «Cristo conoce lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo conoce!»  Juan Pablo II y así lo ama. Así nos ama.

¡Cómo entiende Jesús al corazón humano y qué visión tan positiva tiene de su capacidad! «El ojo de Jesús sabe mirar a través de los velos de las pasiones humanas y penetrar hasta lo íntimo del hombre, allí donde está solo, pobre y desnudo». K. Adam (Jesucristo)

Él nos comprende siempre y nos anima a seguir luchando en todas las situaciones. ¡Si pudiéramos darnos cuenta del amor personal de Cristo por cada hombre, de sus atenciones, de sus desvelos!

 

El Señor nos ama; ésta es la suprema realidad de nuestra vida la que es capaz de levantar nuestro espíritu en todo momento, lo que nos hace estar alegres, por encima del dolor y de la  contrariedad. Jesús nos ama siempre, a pesar de ese fondo de miseria que se encuentra en el corazón humano.

«Este a pesar de todo" hace su amor tan incomparable, tan único tan maternalmente tierno y generoso, que permanecerá inscrito para siempre en el recuerdo de la humanidad. Su amor a la humanidad es muy distinto del que pregonizan los pensadores y filósofos. No es pura doctrina, sino vida, más aún un sufrir y morir con los hombres. No se contenta con examinar la miseria humana y luego buscar los remedios para aliviarla. Si no que Él mismo se pone en contacto con dicha miseria. No se soporta conocerla sin tomarla sobre sí. El amor de Jesús traspasa los límites de su propio corazón para atraer hacia sí al prójimo, o mejor dicho, para salir de sí mismo, identificándose con los demás para vivir y sufrir con ellos».

 

Llama a los hombres con los títulos de hermano y de amigo y une a su suerte tan íntimamente con la de ellos que cualquier cosa que se haga por otro, por Él se hace Mt 25, 40. Constantemente nos dice en su palabra, que sentía compasión del pueblo Mc 8, 2 (Mt 9, 36; 14, 14). Tenía compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tienen pastor Mc 6, 34.

Le conmueven siempre la desgracia y el dolor. No puede decir no cuando clama el dolor, aunque sea el de una mujer pagana como la sirofenicia Mc 7, 26. No deja de atender a quienes se le acercan, sin importarle que le critiquen de que quebranta el sábado Mc 1, 21, y está entre publícanos y pecadores, aunque se escandalicen los que se creen buenos cumplidores de la Ley. Ni siquiera su propia agonía le impide decir al buen ladrón: Hoy estarás conmigo en el paraíso Lc 23, 43. 

 

Su amor no tolera excepción alguna y no tiene la menor preferencia por una clase determinada. Acoge a ricos como Nicodemo, Zaqueo o José de Arimatea y a pobres como Bartimeo, un mendigo que después de ser curado, le seguía en el camino. En sus viajes le acompañaban a veces mujeres que le servían con sus bienes Lc 8, 3.

Atiende con más prontitud a los más necesitados del cuerpo y sobre todo del alma. Su preferencia por los más necesitados no es excluyente, no se limita sólo a los desposeídos de fortuna a los marginados, pues hay de hecho males comunes en todos los estratos sociales: la soledad, la falta de cariño.

Nuestra vida es la historia del amor de Cristo, que tantas  veces nos ha mirado con predilección, que en tantas ocasiones ha salido en nuestra búsqueda.

Preguntémonos hoy cómo estamos correspondiendo en este momento de la vida a tanto desvelo por parte del Señor: Como nos esforzarnos en recibir con la frecuencia y el amor debido a los sacramentos, si reconocemos a Cristo en la dirección espiritual o al recibir la corrección fraterna, si vemos con agradecimiento la solicitud de quienes en La Comunidad  cuidan de nuestra alma. ¿Sabemos exclamar en esas situaciones: ¡Es el Señor!?

 

Nuestra vida es la historia del amor de Cristo

Jesús me amó y se entregó por mí Gal 2, 20. Ésta es la gran verdad que llena siempre de consuelo. Jesús ama hasta dar su vida y nos quiere como si cada uno fuera el único destinatario de ese amor.

Muchas veces debemos meditar esta maravillosa realidad. - Dios me ama -, que desborda con creces las expectativas más audaces del corazón humano. Nadie, fuera de su Luz Divina, se atrevió a vislumbrar y a reconocer esta sublime vocación de cada hombre. Ser hijos de Dios, llamado a vivir en una relación amistosa, a participar de la misma Vida de las Tres Personas Divinas. Para una lógica chata, parece una ilusión, casi una mentira y sin embargo, es la gran verdad que nos debe llevar a ser consecuentes.

 

Jamás ha dejado Jesús de amarnos, de ayudarnos, de protegernos de comunicarse con nosotros; ni siquiera en los momentos de mayor ingratitud, o en aquellos en los que tal vez cometimos las más grandes deslealtades. Quizá en aquellas tristes circunstancias tuvieron lugar las mayores atenciones del Señor, como nos muestra la parábola que hoy les dejo hermanos para que reflexionemos.  Entre las cien ovejas que componían el rebaño, sólo aquella, la que se extravió fue la que tuvo el honor de ser llevada a hombros por el buen pastor. Yo estaré con vosotros siempre Mt 28, 20, nos dice el Señor en cada situación en todo momento. También cuando vayamos a emprender el último viaje hacia Él.

 

Esta seguridad de la cercanía del Señor debe impulsarnos a recomenzar una y otra vez en la lucha interior, sin dejarnos abrumar por las experiencias negativas, por nuestros defectos y pecados. Cada momento que vivimos es único (Hagamos de cada momento una vida y de nuestra vida un solo momento) y por tanto bueno para recomenzar, porque, como se lee en el libro del Deuteronomio:  El Señor avanzará ante ti. Hermano Él estará contigo: no te dejará ni abandonará. No temas ni te acobardes Dt 31,8. Deja ya de pelear con El. Déjate ahora abrazar por su Amor Sanador.

 

Durante muchos siglos, la Iglesia ha puesto en los labios de sacerdotes y fieles, al comenzar la Misa, aquellas palabras del Salmo: Me acercaré al altar de Dios. Al Dios, que alegra mi juventud Sal 43, 4 y esto cuando el sacerdote y los asistentes eran jóvenes y cuando habían traspasado ya los años de la madurez. Es el grito del alma que se dirige directamente a Cristo, que se sabe amada y que desea ese amor.

«Dios me ama. Y el Apóstol Juan escribe: "Amemos, pues, a Dios, ya que Dios nos amó primero”. Por si fuera poco, Jesús se dirige a cada uno de nosotros, a pesar de nuestras innegables miserias, para preguntarnos como a Pedro ¿Me aman más que éstos?.

 

Es la hora de responder: "¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!", añadiendo con humildad: ¡Ayúdame a amarte más auméntame el amor y llénanos de tu sabiduría, si hemos de ser tus siervos, es preciso que nos hagas humildes, para vivir siempre en El Amor y La Verdad, porque solo La Verdad nos hará libres!».

Son las palabras que nos pueden servir en este día y todos los días, que siempre nos acercarán más a Cristo.

Hermanos Él espera esa correspondencia, El espera que nosotros le pidamos todas estas cosas y con seguridad él nos las dará. Yo soy testigo de que DIOS nunca falla, somos nosotros los que le fallamos pero a pesar de todo ello él nos AMA, porque somos su obra y EL jamás hará nada, que no sea para el bien de nosotros mismos. Pruébenme nos dice en su palabra, empecemos ahora y nuestra vida cambiara.

A la Forma Perfecta

A la Forma Perfecta

NO HE VENIDO A CAMBIAR NADA

Mt 5, 17

 

"No crean que he venido a suprimir la Ley o los Profetas.

He venido, no para deshacer cosa alguna sino para llevarla a la forma perfecta”

 

¿Por qué nos resistimos tanto a mejorar?

Nos negamos la oportunidad de probar nuevos caminos y reprimimos el derecho que tenemos a ser mejores. La mayoría nos hemos quedado en el Antiguo Testamento, o sea en la LEY. Jesús nos dice: no he venido a cambiar nada

 

Hermanos hoy nos ha tocado vivir la era del «no esfuerzo». Estamos en la era del amor ligero: de romances que se inician y terminan en unas cuantas horas, del sexo sin compromiso, del robar porque lo necesito, del matar por que me estorbas, de una moral ligera en donde cada quien diseña su propio código de conducta.

 

Vamos cayendo en llevar una vida sin compromisos.

Si aceptamos una responsabilidad, buscamos que sea ligera y sin exigencias; cuidado hermanos no seamos cristianos de menú: «esto si esto no». No se imaginan el daño que han causado a la Comunidad esta actitud de algunos hermanos nuestros.

Pablo en una de sus cartas se dirige a los Colosenses y los exhorta de esta manera: “Cualquier trabajo que hagan, háganlo de buena gana, pensando que trabajan para el Señor y no para hombres” Col 3, 23.

 

¡Bienvenido a Bodas de Cana!

Esta obra maestra de Dios, de la cual ustedes son una parte muy importante. Necesitamos de tu COMPROMISO que significa en esencia «obligación contraída»  que no es un privilegio del súper hermano, sino de los que son hermanos de verdad, de los que están dispuestos a apostar su propia vida por cumplir con la misión a la que han sido llamados.

Vivir en comunidad no es un ensayo: o vivimos hoy y realizamos lo que tenemos que hacer o habremos dejado a la comunidad para siempre en el pasado, en la omisión y en el reclamo por que a lo mejor nos esforzamos demasiado sin sentido alguno.

 

Hace unos años

Se hablaba de la reingeniería, de la excelencia, calidad total. Sin embargo nos enfrentamos a una cruel realidad muchos de los errores que tenemos los hemos convertido en hábitos y han pasado a formar parte de nuestro ser; son «nuestro estilo de hacer las cosas»   

 

Hoy en la Comunidad son los tiempos de compromiso.

"No crean que he venido a suprimir la Ley o los Profetas. He venido, no para deshacer cosa alguna sino para llevarla a la forma perfecta”

 

Al formarse la Diócesis de Lima, el Señor nos hablo muy claro a través de su palabra no cambiar nada sino llevarlo todo a la perfección, buscando la unidad: un solo cuerpo, una sola alma y un solo espíritu.

 

No estamos en la comunidad por casualidad, tenemos que aportar con nuestro compromiso, la cuota inicial para que siga avanzando y creciendo en espíritu y verdad nuestra comunidad regalo de Dios y esfuerzo de todos.  

 

¿Cómo lograr un trabajo bien hecho?

A veces nos falta tiempo para hacer bien las cosas, pero nos sobra el tiempo para repetirlas.

Si queremos un trabajo bien hecho tenemos que promover en la comunidad los principios necesarios de motivación para hacer bien las cosas:

 

  1. Unidad de criterios: ¿Que deseo cambiar?
  2. Uniformidad: ¿Como debo hacerlo?
  3. Asumir un serio compromiso para cambiar.

 “El camino hacia la sabiduría”

Errar y

errar y

errar de nuevo

pero cada vez

menos y

menos y

menos

         

            Poema: Hein

 

Conviene detenernos a reflexionar el mensaje de Mt 5, 17, nos ayudara a reorientar nuestros esfuerzos por el camino adecuado para la obtención de buenos resultados, yo diría de éxito. Pensar bien es sabio y hacerlo bien es mejor de todo.

Sal y Luz del mundo

Sal y Luz del mundo

LA SAL DESVIRTUADA

 

I. La Tibieza

El Señor dice a sus discípulos que son la sal de la tierra (Mt 5, 13); realizaran en el mundo lo que la sal en los alimentos: los preserva de la corrupción y los hace agradables y sabrosos al paladar. Pero la sal se puede desvirtuar o corromper. Entonces es un estorbo. Es, junto al pecado, lo mas triste que le puede ocurrir a un cristiano: estar para dar luz a muchos y ser oscuridad; ser un indicador del camino y estar tirado en el suelo; estar puesto para ser fortaleza de muchos y no tener sino debilidad.

La tibieza es una enfermedad del alma que afecta la inteligencia y a la voluntad, y deja al cristiano sin fuerza apostólica y con una interioridad triste y empobrecida. Comienza esta enfermedad por una voluntad debilitada, a causa de frecuentes faltas y dejaciones culpables; entonces, la inteligencia no ve con claridad a Cristo en el horizonte de su vida: queda lejano por tanto descuido en detalle de amor. La vida interior va sufriendo un cambio profundo: no tiene ya como centro a Jesucristo; las prácticas de piedad quedan vacías de contenido, sin alma y sin amor. Se hacen por rutina o costumbre, no por amor.

 

En este sentido se pierde la prontitud y la alegría en lo que a Dios se refiere, que son características de un alma enamorada. Un cristiano tibio “esta de vuelta”, es un “alma cansada” en el empeño de mejorar; Cristo estas desdibujado en el horizonte de su vida. El alma ve al Señor, en todo vaso como una figura lejana, inconcreta, de rasgos poco definidos, quizá indiferente; y ya no realiza las afirmaciones de generosidad de otros tiempos: se conforta con menos.

 

Santo Tomas señala como característico de este estado “una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan”. Las normas de piedad y de devoción son mas una carga mal soportada que un motor que empuja y ayuda a vencer las dificultades.

Son muchos los cristianos sumidos en la tibieza, existe mucha sal desvirtuada. Pensemos hoy en la oración si caminamos nosotros con la firmeza que Jesús nos pide, si cuidamos la oración como el tesoro que permite que la vida interior no se pare, si alimentamos nuestro amor. Pensemos si, ante las flaquezas y faltas de correspondencia a la gracia, nacen con prontitud los actos de contrición que reparan la brecha que había abierto el enemigo.

 

II.  La verdadera piedad

Los sentimientos y la aridez espiritual

No se puede confundir el estado del alma tibia con la aridez en los actos de piedad producida a veces por el cansancio o la enfermedad, o por la perdida del entusiasmo sensible. En estos casos, a pesar de la sequedad, la voluntad esta firme en el bien. El alma sabe que se encamina directamente a Cristo, aunque este pasando por un pedregal en el que no encuentra una sola fuente y las piedras dañan sus piernas. Pero sabe donde esta la cima, y se dirige derechamente allí, a pesar del cansancio y de la sed y del mal terreno que pisa.

 

En la aridez, aunque el alma no tenga ningún sentimiento y parezca trabajoso el trato con Dios, permanece la verdadera devoción, que Santo Tomas de Aquino define como la “voluntad decidida para entregarse a todo lo que pertenece al servicio de Dios”. Esta “voluntad decidida” se vuelva débil en el estado de tibieza: tengo contra ti – dice el Señor - que has perdido el fervor de la primera caridad, (Ap 2, 4) que has aflojado, que ya no me quieres como antes. La persona que mantiene con empeño la oración aun en época de aridez, de falta de sentimientos, se encuentra quizá como quien saca agua de un pozo, cubo a cubo: una jaculatoria y otra, un acto de desagravio.. Es trabajoso y cuesta esfuerzo, pero saca agua. En la tibieza, por el contrario, la imaginación anda suelta, no se rechazan con empeño las distracciones voluntarias y prácticamente se abandona la oración con la excusa de que no se saca fruto de ella. Sin embargo, el verdadero trato con Dios, aun con aridez, si así el Señor lo permite, siempre esta lleno de frutos, en cualquier circunstancia, si existe una voluntad recta y decidida de estar con El.

 

Hemos de recordar ahora, en la presencia de Dios, que la verdadera piedad no es cuestión de sentimiento, aunque los afectos sensibles son buenos y pueden ser de gran ayuda en la oración, y en toda vida interior, porque son parte importante de la naturaleza humana, tal como Dios la creo. Pero no deben ocupar el primer lugar en la piedad; no son parte principal de nuestras relaciones con el Señor. El sentimiento es ayuda y nada mas, porque la esencia de la piedad no es el sentimiento, sino la voluntad decidida de servir a Dios, con independencia de los estados de animo, ¡tan cambiante!, y de cualquier otra circunstancia.

 

En la piedad no debemos dejarnos llevar por el sentimiento sino por la inteligencia, iluminada y ayudada por la fe. “Guiarme por el sentimiento es dar la dirección de la casa al criado y hacer abdicar al dueño. No es malo el sentimiento, sino la importancia que se le señala”

La tibieza es estéril, la sal desvirtuada no vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente (Mt 5, 13).

Por el contrario, la aridez puede ser señal positiva de que el Señor desea purificar a esa alma.

 

III. Hemos de ser sal de la tierra

Necesidad de la vida interior

Los hombres podemos ser causa de alegría o de tristeza, luz o oscuridad, fuente de paz o de inquietud, fermento que esponja o peso muerto que retrasa el camino de otros. Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a encontrar a Cristo o los separamos de El; enriquecemos o empobrecemos. Y nos encontramos a tantos amigos, compañeros de profesión, fa miliares, vecinos, que parecen ir como ciegos detrás de los bienes materiales, que los alejan del verdadero Bien, Jesucristo. Van perdidos. Y para que el guía de ciegos no sea también ciego, Mt 15, 14 no basta saber de oídas, por referencias; para ayudar a quienes tratamos no basta un vago y superficial conocimiento del camino. Es necesario andarlo, conocer los obstáculos. Es preciso tener vida interior, trato personal con Jesús, ir conociendo cada vez con más profundidad su doctrina, luchar con empeño por superar los propios defectos.

 

El apostolado nace de un gran amor a Cristo.

Los primeros cristianos fueron verdadera sal de la tierra, y preservaron de la corrupción a personas e instituciones, a la sociedad entera.

¿Qué esta ocurriendo en muchas naciones para que los cristianos den esa triste impresión de incapacidad para frenar la ola de corrupción que irrumpe contra la familia, la escuela, las instituciones?

Por que la fe sigue siendo la misma. Y Cristo vive entre nosotros como antes, y su poder sigue siendo infinito, divino. “Solo la tibieza de tantos miles, millones de c cristianos, explica que podamos ofrecer al mundo el espectáculo de una cristiandad que consiente en su propio seno que se propale todo tipo de herejías y barbaridades. La tibieza quita la fuerza y la fortaleza de la fe y es amiga, en lo personal y lo colectivo, de las componendas y de los caminos cómodos”. Existen muchas realidades, en el terreno personal y en el publico, que se hacen difíciles de explicar si no tenemos en cuenta que la fe se ha dormido en muchos que tenían que estar bien despierto, vigilantes y atentos; y el amor se ha apagado en tantos y tantos. En muchos ambientes, lo “normal cristiano” es lo tibio y mediocre. En los primeros cristianos lo “normal” era lo “heroico de cada día” y, cuando se presentaba, el martirio: la entrega de la propia vida en defensa de la fe.

 

Cuando el amor se enfría y la fe se adormece, la sal se desvirtúa y ya no sirve para nada, es un verdadero estorbo.

¡Que pena se un cristiano fuera un estorbo!

La tibieza es con frecuencia la causa de la ineficacia apostólica, pues entonces lo poco que se realiza se convierte en una tarea sin garbo humano ni sobrenatural, sin espíritu de sacrificio. Una fe apagada y con poco amor ni convence ni encuentra la palabra oportuna que arrastra a los demás a un trato mas profundo e intimo con Cristo.

 

Pidamos fervientemente al Señor esa fuerza para reaccionar. Seremos sal de la tierra si mantenemos diariamente un trato personal con el Señor, si nos acercamos cada vez con más fe y amor a la sagrada Eucaristía. El amor ha sido, y, es el motor de la vida de los santos. Es la razón de ser de toda vida entregada a Dios. El amor da alas para superar cualquier obstáculo personal o del ambiente. El amor nos hace inconmovibles ante las contrariedades. La tibieza se detiene ante la más pequeña dificultad (una carta que debemos escribir, una llamada, una visita, una conversación, la carencia de algunos medios): hace una montaña de un grano de arena. El amor de Dios, por el contrario, hace un grano de arena una montaña, transforma el alma, le da nuevas luces y abre horizontes nuevos, la hace capaz de más altos empeños y de capacidades desconocidas. El amor no regatea esfuerzos, ni le falta la alegría al llevarlos acabo.

 

Al terminar nuestra meditación, acudamos confiadamente a la Santísima Virgen MARIA, modelo perfecto de correspondencia amorosa a la vocación cristiana, para que aparte eficazmente de nuestra alma toda sombra de tibieza. Y le pedimos también  a los Angeles Custodios que nos hagan ser diligentes en el servicio de Dios.

Invitados al Banquete

Invitados al Banquete

LOS INVITADOS AL BANQUETE

Is 25, 6-10

 

Nos espera en el Cielo.

a)     Correspondencia a la llamada del Señor

b)     Ayudar a otros a que no rehúsen la invitación.

 

Isaías nos presenta la salvación como un banquete regio, símbolo de todos los bienes, al que Dios nos invita: “Prepara el Señor de los ejércitos para tordos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos.. Y arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos… Aniquilara la muerte para siempre. El Señor Dios enjugara las lagrimas de todas las gentes…

 

Desde antiguo, y mediante símbolos fácilmente comprensibles, los Profetas habían anunciado el Cielo como destino definitivo de la humanidad. El mismo Dios nos habría de conducirlos hasta es monte santo. Así lo expresa el Salmo 22, 1-6.

El Señor es mi pastor… me conduce hacia fuentes tranquilas. Me guía por el sendero justo… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitare en la casa del Señor, por años sin termino

 

Jesús es nuestro Pastor y de mil maneras nos invita a seguirle, pero no quiere obligarnos a ir contra nuestra voluntad. Y aquí esta el misterio del mal: los hombres podemos rehusar este ofrecimiento.  El Evangelio nos habla de este rechazo.  El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Y, según la costumbre, el rey envió a sus siervos para recordar a los invitados que ya estaba todo preparado y que se les esperaba. Ante la sorpresa del rey, los convidados no quisieron ir. Y el Señor, queriendo expresar la solicitud de Dios con sus hijos, relata en la parábola que el soberano volvió a enviar de nuevo a sus servidores: Nuevamente envió a otros criados ordenándoles: Decís a los invitados: mirad que tengo ya preparado mi banquete… La bondad de Dios se expresa en esta divina insistencia y en la exuberancia de bienes: he matado terneros y reses cebadas y todo esta a punto. A pesar de todo, los convidados no hicieron caso; uno se marcho a sus tierras, otros a sus negocios, los demás echaron mano de los criados y los maltrataron hasta matarlos. En otras parábolas, de los viñadores, se exigía algo debido, el fruto de lo que se había dejado para administrarlo; aquí, en cambio, nada se exige, se ofrece todo.

 

¿Y es rechazado! El Señor ofrece bienes inimaginables, y los hombres en muchas ocasiones no los valoramos. Con mucha pena debió Jesús relatar esta parábola. Es la repulsa al amor de Dios a través de los siglos.

 

Los convidados pueden estar representados hoy, entre otros, por esos hombres que, sumergidos en sus asuntos y negocios terrenos, parecen no necesitar nada de Dios. Y cuando son avisados de que el Cielo los espera, reaccionan con violencia, como en la parábola. A pesar de todo, tenemos la obligación santa de acercarnos a los que nos rodean “de sacudirles de su modorra, de abrir horizontes diferentes y amplios a su existencia aburguesada y egoísta, de complicarles santamente la vida, de hacer que se olviden de si mismos y que comprendan los problemas de los demás. Si no, no eres buen hermano de tus hermanos los hombres, que están necesitados de esta alegría y esta paz, que quizás no conocen o han olvidado” Muchos responderán y llegaran a tiempo al banquete.

 

Llamada a participar de la intimidad divina

a)     No existen excusas razonables para no asistir a la Cena del Rey.

 

La imagen del banquete es considerada en otros lugares de la Sagrada escritura como símbolos de intimidad y de salvación.

Ap 3, 20

He aquí que estoy a la puerta y llamo: si alguno escucha mi voz y abre la puerta, entrare en su casa y cenare con el y el conmigo

 

Y se repite una y otra vez la solicitud de Dios, el afán divino por una intimidad mayor, que tendrá su culminación en el encuentro definitivo con El en el Cielo, dentro de un tiempo, quizá no muy largo.

Cant 5, 2.

“¡Abreme, hermana mía, amada mía..! Que esta mi cabeza cubierta de roció y mi cabellos de escarcha de la noche”, dice Dios al alma de tantas maneras.

 

¿Cómo es nuestra correspondencia a las mil llamadas que nos hace llegar el Señor?

¿Cómo es nuestra oración, que nos adentra en la intimidad con Dios, pues el Cielo comienza ya aquí en la tierra?

¿Nos excusamos fácilmente ante un compromiso de un mayor amor, de una más honda correspondencia?

¿Nos sentimos responsables de que llegue a muchos la invitación divina?

¿Nos interesa y preocupa la salvación de todos aquellos que conocemos?

 

Es muy grave rechazar la invitación divina, vivir como si Dios no fuera importante y el encuentro definitivo con El estuviera tan lejano que no mereciera la pena preparase para el. Ante la salvación, bien absoluto, no hay ninguna excusa que sea razonable: ni campos, ni negocios, si salud, ni bienestar… Hoy los pretextos que algunos aducen para no acudir a las amables invitaciones del Señor son iguales a los que leemos en la parábola: sus preocupaciones terrenas, como si lo de aquí abajo fuera lo definitivo; otros varían, “pero el hecho sigue siendo el mismo: no aceptan la salvación de Dios y se excluyen voluntariamente por preferir otra cosa. Se quedan con lo que eligen, pierden lo que rechazan”

 

¡Que pena tan grande nos debe producir el comprobar como muchos, por unas razones u otras parecen rechazar la intimidad con Dios y ponen en peligro su salvación eterna!

Pero el Señor quiere que se llene su casa, su actitud es siempre salvadora: Id, pues, a los cruces de los caminos y llamad a las boas a todos los que encontréis. Los criados, saliendo a los caminos, reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. Nadie queda excluido de la intimida divina. Solo aquel que se aparta a si mismo, que resiste la amable invitación del Señor, repetida una y otra vez.

«Ayúdanos, Señor exclamaba San Agustín, a dejarnos de malas y vanas excusas y a ir a la cena. No sea la soberbia impedimento para ir al festín, alzándonos con jactancia, ni nos apegue a la tierra una curiosidad mala, distanciándonos de Dios, ni nos estorbe la sensualidad las delicias del corazón. Haz que acudamos…

 

¿Quiénes vinieron a la cena, sino los mendigos, los enfermos, los cojos, los ciegos?

 

  1. Vendremos como pobres, pues nos invita quien, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecer con su pobreza a los pobres.
  2. Vendremos como enfermos, porque no necesitan medico los sanos sino los que andan mal de salud. Vendremos como lisiados y te diremos: Endereza mis pasos conforma a tu palabra. Sal 118, 113.
  3. Vendremos como ciegos y te pediremos: Ilumina mis ojos para que jamás duerma en la muerte. Sal 12, 4».

 

Voluntad salvadora de Cristo.

a)     Nuestro afán apostólico de ha de dirigir a todas las almas.

 

Id, pues, a los cruces de los caminos y llamad a las bodas.. Son palabras dirigidas a nosotros, a todos los cristianos, pues la voluntad salvadora de Dios es universal: abarca a todos los hombres de las épocas. Cristo, en su Amor por los hombres, busca la conversión de cada alma con infinita paciencia, hasta el extremo de morir en la Cruz. Cada hombre puede decir de Jesús: me amo y se entrego a Si mismo por mi. Gal 2, 20. De esta actitud salvadora del Maestro participamos quienes queremos ser discípulos. Los criados, saliendo a los caminos, reunieron a todos los que encontraron… Como Jesús, nos ha de interesar la salvación de todas las almas. El portero que nos indica la puerta del ascensor, el medico que nos acaba de extender una receta, la señora que sube al autobús en la parada siguiente a la nuestra, los niños que salen del colegio, el profesor que anuncia el día del examen… todos son objeto del desvelo divino y, por eso mismo, parte importante de nuestro afán apostólico. «Fíjate bien: hay muchos hombres y mujeres en el mundo, y ni a uno solo de ellos deja de llamar el Maestro».

 

Les llama a un vida cristiana, a una vida de santidad, a una vida de elección, a una vida eterna.

Nos urge a los cristianos llevar a las almas, una a una, hasta el Señor. La misma solicitud con que Cristo nos anima, nos conforta, hemos de tener nosotros con quienes tratamos todos los días, siguiendo el consejo: «lleva a todos sobre ti, como a ti te lleva el Señor». Hemos de abrir nuevos horizontes a su existencia, a veces encerrada en unas aspiraciones solamente terrenas, cortas; descubrirles la necesidad de tratar cada día a Dios con confianza; animarles a ofrecer sus trabajos;  ayudarles a que encuentren la raíz de muchas de sus vacilaciones, del vació interior que a veces experimentan… Nadie puede pasar a nuestro lado sin que nuestras palabras y nuestras obras le hayan hablado a Dios. El pensamiento de su salvación eterna y de su felicidad temporal, que no alcanzaran fuera de Dios, nos empujara a buscar la ocasión oportuna o a crearla para que, con paciencia, les llegue la llamada del Señor. Tiene que dolernos su ignorancia religiosa, su visión pobre y terrena de lasa cosas.

Nuestra Madre Maria nos enseñara a tratar a cada persona con el interés y el aprecio con que la mira su Hijo.